Por más poderoso que sea el que agravia, deja armas para la venganza

Tú, ya, ¡oh ministro!, afirma tu cuidado, 

en no injuriar al mísero y al fuerte;

cuando le quites oro y plata, advierte,

que le dejas el hierro acicalado.

Dejas espada y lanza, al desdichado;

y poder y razón, para vencerte:

no sabe pueblo ayuno temer muerte,

armas quedan al pueblo despojado.

Quien ve su perdición cierta, aborrece

más que su perdición, la causa della,

y esta, no aquella, es más quien le enfurece.

Ama su desnudez y su querella

con desesperación, cuando le ofrece

venganza del rigor, quien lo atropella.

Francisco de Quevedo

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~ por laeuropadelaborigen en 26 noviembre 2010.

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